En un post anterior sostenía que no tener tiempo, o mas bien, ”vivir en la urgencia”, hace que muchas personas se sientan importantes (que no felices). Como consultor de empresas y formador tengo algunas pruebas para sostener mi teoría.
Hace años, en los cursos, había que hacer pausas cada dos horas, para que los asistentes salieran a fumar. Los había que no eran capaces de aguantar ni un minuto más. Como hace tiempo que se sabe que la práctica espaciada es mejor que la intensiva, hacer esas pausas, venía bien a todo el mundo, no sólo a los fumadores.
Hoy día las cosas han cambiado. Ya hay muchos menos fumadores (aunque quizá más fumadoras), pero las pausas hay que seguir haciéndolas. No para que los asistentes asimilen mejor los contenidos o para que fumen, sino para que puedan hablar por el móvil. La adicción al móvil es un hecho, y los adictos, como los adictos al alcohol, al tabaco o a otras drogas, justifican su adicción con múltiples argumentos. En este sentido siempre recuerdo un episodio con una de mis sobrinas que había venido a pasar unos días con nosotros por navidades como todos los años. Antes de acostarme, fui a apagar todos los teléfonos, como hago siempre. Nunca olvidaré su cara de pánico cuando vio que iba a apagar el suyo (tenía, creo 13 años). No lo consintió: “¡Alguien podía llamarla durante la noche!”
Tampoco logro hoy que los asistentes a los cursos apaguen sus móviles durante la hora y media o dos horas hasta las pausas. Algunos lo hacen, pero la mayoría lo ponen en silencio y sus cerebros se reparten, con evidente dificultad, entre atender y participar en el curso por un lado y vigilar con un ojo su aparato por si llama alguien al que no pueden atender, como mucho, hora y media más tarde. Esto, aparte de la importancia que le otorgan a la formación en las empresas, es un claro síntoma de muchos problemas: Mala delegación, ausencia o falta de comprensión del trabajo en equipo (entre otros, que comentaremos en posteriores artículos) y/o de la adicción a lo urgente.
El teléfono es, por naturaleza, urgente. En las mesas de las aulas de formación, en las de los restaurantes y cafeterías, en los despachos, ya no se ven, afortunadamente, cajetillas de tabaco; se ven, formando parte de los cubiertos o del mobiliario, teléfonos móviles esperando una llamada frente a la que casi siempre se actúa como si fuera urgente. (Es muy difícil utilizar bien el dichoso aparato).
Cuando en mitad de un curso a alguien le suena el móvil o, sin haber sonado, sale a toda prisa con él en la mano, los demás asistentes, por lo general, no le miran con pena o enfado, es más, muchos le miran con admiración. Es la prueba de que esa persona es importante. No pueden prescindir de él/ella: "Está en la pomada". Y si sucede la desgracia de que durante las pausas nadie les llama, cuando todos los demás están hablando, son ell@s los que lo hacen, o se sientan solitari@s en algún oscuro rincón del salón, como el arpa de Bécquer.
Lo urgente tiene un componente de excitación fisiológica que es, aunque produzca cansancio, agradable para muchas personas, como ponerse un Red Bull en vena. La relajación y el silencio, para muchos directivos son difíciles de soportar.

1 comentario:
El lunes comi con vosotros y puse el móvil encima de la mesa. Fui muy consciente de ser la única que lo hacía. También fui consciente de la mirada que le dedicaste.
Como tu sobrina, yo tampoco apago el móvil por la noche, igual que no desenchufo el teléfono fijo de casa.
Estar localizable en el móvil, igual que estar en el ordenador con el Skype o el MSN abiertos, forma parte de una evolución a la que no solo no me resisto, sino que me parece un avance extraordinario en la forma de entender nuestra propia situación en el mundo y en relación con los demás. Saber que los que quieres "están siempre ahí", que bastaría una tecla o un clic para establecer contacto, es un prodigio.
Hace muchos años descubrí casi por azar que existía una cosa llamada "SMS". Con un móvil de un tamaño descabellado escribí mi primer mensaje sin saber qué esperar. Horas después recibía respuesta. ¡Funcionaba!
Todavía recuerdo el día (la noche) en que a mi SMS se sucedió otro inmediato. ¡Increible! O sea que estaba ahí mismo, despierto, como yo, y con el móvil cerca. Esa sensación es impagable.
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